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LLAMAS EN VERANO Y BARROS EN OTOÑO: LA GRAN TRAGEDIA MEDIOAMBIENTAL DE LA MONTAÑA DE RIAÑO

El pasado verano, nuestra comarca sufrió una catástrofe medioambiental de proporciones nunca vistas: los peores incendios de su historia. El origen del fuego ocurrió en la tarde-noche del 13 de agosto, a causa de un rayo que impactó en terrenos de Barniedo de la Reina. Desde allí, el fuego se propagó con rapidez por el Valle de la Reina. Portilla fue golpeada con dureza: los vecinos fueron desalojados o confinados en sus casas mientras el fuego avanzaba, y la carretera N-621 quedó cortada por el humo y el peligro de desprendimientos.

Pero, más allá de las consecuencias humanas, –afortunadamente no se perdieron vidas–, el incendio tuvo un impacto devastador sobre nuestros recursos naturales que tardarán muchos años en recuperarse.

El fuego no se detuvo al llegar a los pueblos: subió por todo el valle hasta Pandetrave, arrasando todo lo que encontró a su paso a ambos lados de la carretera. Allí, los vecinos de Valdeón plantaron cara al fuego con sus escasos recursos y mucha valentía. A pesar del desalojo ordenado por el delegado territorial, se negaron a abandonar sus casas. Con enorme esfuerzo y la ayuda de voluntarios no profesionales, lograron contener las llamas y salvar el Va lle de una tragedia segura. En Caín el fuego llegó desde Asturias y fueron los vecinos quienes plantaron cara al fuego, desobedeciendo también la orden de desalojo.

Pero la tragedia volvió a despertar en el otoño. Las lluvias, tan necesarias, arrastraron las cenizas hacia los ríos, generando una contaminación sin precedentes. Lo que quedó tras el fuego, se transformó en barro tóxico llevado por las corrientes, amenazando la fauna acuática y la biodiversidad y contaminando las aguas.

Los incendios no solo han dejado nuestros maravillosos paisajes carbonizados, sino a toda nuestra comarca sumida en una pérdida irreparable: pérdida de patrimonio natural, de medios de vida, de seguridad. Las llamas del verano tuvieron continuidad con los barros del otoño.

Este desastre sin precedentes tiene que dejar enseñanzas. Tenemos que aprender de lo vivido. Nuestros montes y montañas, protegidos por mil figuras, tienen que estar cuidados todo el año, con limpiezas y olivados constantes y con la realización de cortafuegos en lugares estratégicos. Los incendios del verano se apagan en invierno. Las medidas de prevención, tomadas a tiempo, evitarán que tal desastre pueda volver a repetirse.

Y lo más importante, una comarca con uno de los paisajes ecológicos y medioambientales más ricos del mundo, no puede ser abandonada cuando arde. Y menos aun cuando llueve sobre sus cenizas.